Esta es la noticia
El 27 de agosto de 2026, Jacob Stokes, que formó parte del equipo de seguridad nacional del entonces vicepresidente Joe Biden durante la Administración Obama, publicó en el Center for a New American Security el informe Superpowers and AGI. No predice cuándo llegará la inteligencia artificial general ni asegura que vaya a existir. Supone que está próxima —o que uno de los dos países ya la tiene— y pregunta qué harían Estados Unidos y China.
En el escenario del país que llega segundo, la última opción que examina es destruir centros de datos con misiles y bombas.
Lo que mi cabeza me dice
Hay tecnologías que nacen con manual de instrucciones. La AGI todavía no ha nacido y ya tiene un plan de contingencia para bombardearla.
Conviene respirar. No hay un ataque aprobado, un edificio señalado ni aviones listos para despegar. Es un escenario sobre las opciones del país que llega segundo.
Primero, diplomacia. Después, espionaje. Si eso no basta, robar la tecnología. Luego sabotearla mediante infiltración o ciberataques. Y al final, escrito con la tranquilidad de quien todavía trabaja en un documento de políticas públicas, destruir cosas con misiles y bombas.
La IA no se ha vuelto nuclear. Lo que se ha vuelto nuclear es la frase «no podemos permitir que ellos lleguen primero».
Esa frase hizo buena parte del trabajo durante la carrera atómica. Si el adversario podía obtener una ventaja decisiva, esperar era peligroso. Tu aceleración parecía prudencia; para el rival era una amenaza. Dos países corriendo para no quedarse atrás producen la misma imagen que dos países corriendo para atacar primero.
Cambie Unión Soviética por China, uranio por chips y silos por centros de datos. El juego se reconoce enseguida.
Las consecuencias, no.
Una bomba nuclear es un objeto: ocupa espacio, necesita material y deja señales que un satélite o un inspector pueden buscar. La AGI no tiene siquiera un umbral compartido. Una empresa puede llamar AGI a lo que otra llama producto del próximo trimestre. La bomba tuvo pruebas. La AGI, por ahora, tiene benchmarks, demostraciones privadas y gente con incentivos para decir que está muy cerca.
Ya sabemos lo que ocurre cuando una capacidad difícil de observar se convierte en certeza política. Las armas de destrucción masiva fueron el centro del argumento para invadir Irak en 2003. Después, las investigaciones oficiales concluyeron que muchos juicios iban más allá de la evidencia y que los gobiernos comunicaron más certeza de la que permitían sus informes. Había razones para sospechar de Sadam Huseín. No existía el arsenal que la sospecha convirtió en certeza.
No fue una mentira sencilla con autor, fecha y firma. Fue una creencia arraigada que ordenó los indicios ambiguos, rebajó las dudas y convirtió actuar pronto en la opción prudente. La guerra no necesitó que la amenaza fuera real. Necesitó que esperar pareciera más peligroso que atacar.
Ese es el punto en el que la analogía nuclear empeora las cosas. El propio informe reconoce que sus fases podrían confundirse: perseguir la AGI, estar a punto de alcanzarla y poseerla quizá no sean estados observables. Si nadie sabe cuándo termina uno y empieza el siguiente, cualquier avance parece el último momento disponible para actuar. La incertidumbre no frena la carrera. La alimenta.
Y ni siquiera hace falta llegar a la última casilla. Estados Unidos ya restringe el acceso chino a chips avanzados, vigila su desvío y trata el cómputo como un recurso de seguridad nacional. Es política industrial con vocabulario militar: subirle el coste de producción al rival antes de que su producto exista. El informe continúa donde terminan los controles comerciales: robo, sabotaje y, si todo falla, misiles.
El centro de datos completa así una carrera profesional bastante notable. Primero fue una nave industrial llena de servidores. Después se convirtió en infraestructura crítica, activo geopolítico y símbolo del progreso. Ahora también puede ser un objetivo militar. La nube ha tardado años en admitir que tiene coordenadas.
La estabilidad nuclear no llegó porque Washington y Moscú se cayeran bien. Llegó cuando pudieron comprobar algunas cosas. La confianza era opcional. Con la IA partimos al revés: no tenemos una definición común de la amenaza, no sabemos medirla desde fuera y buena parte de la información relevante pertenece a empresas que compiten por inversión, talento y contratos públicos. La inteligencia que debería evitar un error de cálculo procede en parte de notas de prensa.
Ese es el riesgo que me interesa. No una superinteligencia que decide acabar con la humanidad, sino dos gobiernos tomando decisiones perfectamente humanas sobre una capacidad que ninguno puede ver bien. Para que empiece la escalada no hace falta que la AGI exista. Basta con que ambos crean que el otro está a punto de conseguirla.
La primera arma de la nueva carrera atómica puede no ser una inteligencia artificial.
Puede ser la certeza, completamente humana, de que el otro está a punto de construirla.
Lo que los datos dicen
- El informe. Jacob Stokes publicó Superpowers and AGI en CNAS el 27 de agosto de 2026. No intenta establecer si la AGI es posible ni cuándo llegará: supone un mundo en el que es inminente o ya existe y examina cuatro fases de la competencia entre Estados Unidos y China. Entre sus recomendaciones figuran abrir canales diplomáticos, medir recursos y capacidades, realizar un ejercicio sobre cuándo y cómo intervenir para impedir que China llegue primero y prepararse para aplicar ingeniería inversa o robar la tecnología si lo hace. El propio texto advierte que poseer AGI no produciría automáticamente poder geopolítico y que su aparición podría no ser discreta ni observable. Fuente: CNAS.
- La escalera. En el escenario del país rezagado, el informe estudia medidas diplomáticas, espionaje, sabotaje mediante infiltración física o ciberoperaciones y, como opción final y de mayor riesgo, ataques cinéticos contra los centros de datos que entrenen u operen la AGI. Stokes reconoce que bombardearlos cruzaría un umbral hasta ahora no atravesado en las relaciones entre Estados Unidos y China. El documento recomienda preparar y ensayar escenarios; no afirma que exista una orden, un objetivo seleccionado ni una política aprobada. Fuentes: CNAS; South China Morning Post, 4 de septiembre de 2026.
- La carrera existente. El Plan de Acción sobre IA de la Casa Blanca de julio de 2025 presenta explícitamente el liderazgo en IA como una carrera por el dominio global y califica el cómputo avanzado como un recurso de importancia geoestratégica y militar. Recomienda reforzar los controles a la exportación, vigilar la localización de chips y recopilar inteligencia sobre proyectos extranjeros de frontera. Las restricciones estadounidenses sobre semiconductores avanzados y equipos de fabricación destinados a China existen desde 2022 y fueron ampliadas después. Fuentes: Casa Blanca y Bureau of Industry and Security.
- China y la meta. El informe de Stokes sostiene que la AGI ha ganado importancia en la política china, pero que no es la estrella polar de su ecosistema como lo es en Silicon Valley y quizá nunca llegue a serlo. Los documentos públicos chinos enfatizan el desarrollo, la adopción industrial, la soberanía, la seguridad y la cooperación internacional; no permiten concluir que China haya adoptado la misma definición estadounidense de una carrera por la AGI. Fuentes: CNAS y Ministerio de Asuntos Exteriores de China.
- Irak y la certeza. Las armas de destrucción masiva fueron centrales en la justificación pública de la invasión de Irak, aunque no fueron el único argumento. El Comité de Inteligencia del Senado concluyó que muchos juicios clave exageraban o no estaban respaldados por la inteligencia subyacente y describió una dinámica de pensamiento grupal que convirtió indicios ambiguos en pruebas concluyentes. La investigación británica Chilcot determinó que las declaraciones públicas transmitieron más certeza que las evaluaciones de inteligencia. El Iraq Survey Group no encontró los arsenales activos presentados antes de la guerra. Fuentes: Senate Select Committee on Intelligence e Iraq Inquiry.
- La lección nuclear. Tras la crisis de los misiles de Cuba de 1962, Estados Unidos y la Unión Soviética establecieron una línea directa de comunicación y avanzaron hacia el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos de 1963. La verificación fue uno de los principales obstáculos de las negociaciones: sin mecanismos para distinguir una prueba clandestina de actividad sísmica, había pocos incentivos para confiar en el acuerdo. La comparación con la IA es una lectura del artículo; no implica que los modelos sean equivalentes a armas nucleares. Fuente: Office of the Historian, Departamento de Estado de Estados Unidos.
